El postureo destroza nuestra autoestima
La de quien lo mira, la de quien lo ejerce, la tuya, la mía y la de todos. El postureo nos está destrozando poco a poco y no nos damos cuenta.
Vivimos en un océano inmenso de vidas fingidas. Perfiles de LinkedIn imposibles, Instagram mostrando vidas de lujo inalcanzables, TikTok lleno de pieles de porcelana perfectas…
Y ojo, Instagram y LinkedIn no inventaron el postureo —la estupidez humana es más antigua que el hilo negro—, pero le dieron el escaparate perfecto para inundarlo todo.
Cuando conozco a mis clientes y les hablo de la importancia de trabajar en su marca personal, suelen resoplar, moverse incómodos en el sillón y decirme algo así como: “es que yo no soporto el paripé”. Prácticamente todos asumen que el branding personal consiste en inventarse un personaje; y es que para muchos lo es y además les funciona. Por suerte se tranquilizan cuando les explico que yo trabajo de otra forma, que en mi método solo hay verdad y naturalidad y que eso “es bien”. Pero ahora esto no viene al caso. De lo que quiero hablar es de cómo estamos dejando que las redes sociales nos destrocen la autoestima.
Si estás pensando en trabajar tu marca personal de esta manera, sin máscaras y desde lo que realmente eres, conoce mi método aquí.
El espectador: la trampa de la comparación desigual
Para el espectador, el postureo ajeno funciona como un veneno de efecto lento. El cerebro humano está programado para compararse con su entorno, pero las redes sociales han roto las reglas de esa comparación:
-
La ilusión de la norma: cuando el 90% del contenido muestra un éxito sin esfuerzo, la normalidad (que incluye la incertidumbre, el error y la pausa) empieza a percibirse como un fracaso personal.
-
El sesgo de insuficiencia: la psicología lo llama esquema de defectuosidad o comparación asimétrica, pero todos lo entendemos mejor si lo llamamos “esa voz interior que, tras diez minutos haciendo scroll en Instagram, te susurra que tu trabajo, tu cuerpo o tu vida no están a la altura y que estás haciendo algo mal”.
En definitiva, al compararnos con lo que vemos en redes sociales pocas veces salimos ganando.
El ejecutor: el desgaste invisible de fingir para ser aceptado
Pero pensemos por un momento en el “creador de contenidos falsos”. Cuando alguien decide mostrar una realidad falseada es porque siente que su vida no es suficiente, no es interesante, no sirve. Ya parte de un bajo autoconcepto, por no hablar de que pocas cosas resultan tan agotadoras como sostener un personaje. Quien ejerce el postureo para encajar o destacar en su sector no tarda en convertirse en rehén de su propia fachada:
-
La desconexión con el yo real: al priorizar la validación externa sobre la verdad propia, la persona empieza a distanciar su identidad real de la imagen pública que proyecta.
-
El síndrome del impostor autoinducido: cosechar aplausos o clientes gracias a una versión edulcorada de uno mismo genera un temor constante a ser «descubierto». La autoestima no se fortalece con el éxito del personaje, sino que se degrada por la fragilidad de la mentira.
-
La pérdida de la propuesta de valor única: al adecuar el discurso a lo que «se supone que vende» o a lo que «gusta al algoritmo», el profesional diluye su verdadero criterio y aquello que realmente lo hacía único.
El antídoto: la libertad de la claridad y la autenticidad
Romper la dinámica del postureo puede dar miedo, pero significa cambiar la necesidad de aprobación por el compromiso con la verdad. Una de mis evoluciones más enriquecedoras sucedió cuando decidí mostrarme siempre tal cual soy, con mi verdad y sin florituras; me di cuenta de que no solo conectaba más rápidamente con otras personas, sino de que mostrarse como uno es resulta un gran ejercicio de amor propio. Es la verdadera autovalidación: lo que soy está bien.
Cuando te muestras como eres ocurren dos cosas fundamentales:
-
Libertad operativa: desaparece la tensión de sostener un personaje. La energía que antes se gastaba en fingir se invierte en ejecutar y aportar valor real.
-
Conexión auténtica: atraes a clientes, colaboradores y audiencia que conectan con tu verdadero criterio, no con una expectativa irreal.
La auténtica confianza no nace de parecer perfecto ante los demás, sino de no tener nada que ocultar.








