El papel de víctima o «El efecto Calimero»: ¿Por qué nos encanta dar pena?
Estoy leyendo “Un Nuevo Mundo, Ahora” de Eckhart Tolley la verdad es que me está gustando bastante. Entre la multitud de extractos que estoy subrayando quiero compartir este:
Un papel muy corriente es el de víctima, y la forma de atención que busca es la compasión, la piedad o el interés de los otros (…) el ego no quiere que se ponga fin a sus «problemas» porque estos son parte de su identidad. Si nadie escucha mi triste historia, me la repetiré a mi mismo en la cabeza, una y otra vez, y sentiré lástima de mi mismo, y así tendré una identidad , la de alguien que está siendo tratado injustamente por la vida, por otras personas, por el destino o por Dios.
La gente que se pasa la vida interpretando el papel de víctima es una de las cosas que más alertas despierta en mis vísceras. Yo lo llamo «El Efecto Calimero» porque siempre me recuerda a es pollito negro que no paraba de repetir «Es una injusticia, es una injusticia», mientras derramaba unas lágrimas.
Una cosa es que, cuando viene a cuento, uno hable de sus problemas y otro es utilizar tus desgracias como carta de presentación y manera de captar la atención.
Por favor, si alguna vez me veis interpretando el papel de víctima, dadme la espalda. Bajo mi punto de vista, la mejor medicina: la indiferencia.
¿Cómo saber si estás atrapado en el papel de víctima?
A veces el victimismo es tan sutil que ni nos damos cuenta de que llevamos el cascarón de Calimero puesto. Si quieres saber si tú (o alguien de tu entorno) ha convertido la queja en su deporte nacional, revisa esta lista de síntomas:
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Tu carta de presentación es un drama: cuando te preguntan «¿Cómo estás?», en lugar de decir «Bien, ahí vamos», aprovechas para soltar el parte meteorológico de tus desgracias: la espalda te duele más que a nadie, tu jefe te odia y la economía está diseñada para hundirte.
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Buscas cómplices, no soluciones: cuando le cuentas un problema a alguien y te da una solución lógica, te molestas. No querías una salida; querías que te dijeran «Pobrecito, qué mala suerte tienes».
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El mundo tiene una conspiración en tu contra: la culpa de lo que te pasa siempre la tiene el Gobierno, tu expareja, el tráfico, la crisis, el algoritmo de Google o Dios. Tú eres un ser de luz e inocente al que la vida maltrata sin motivo.
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Usas el chantaje emocional como escudo: si alguien te confronta o te dice una verdad incómoda, saltas con el clásico: «Claro, como tú no has pasado por lo que yo pasé…». Fin de la discusión. Te vuelves intocable.
¿Por qué el ego prefiere dar pena antes que solucionar sus problemas?
Aquí viene la patada en el culo que duele, pero que sana: dar pena engancha porque es cómodo.
Como bien dice Tolle, el ego es un yonqui de la identidad. Necesita sentirse «alguien». Y si no puede ser el más exitoso, el más feliz o el más fuerte, se conforma con ser el que más sufre. Ser el campeón mundial de las desgracias te da un estatus. Te hace sentir especial.
Además, el papel de víctima tiene un beneficio secundario perverso: te exime de toda responsabilidad. Si la culpa de que tu proyecto no arranque o de que tu vida sea gris es de factores externos, tú no tienes que mover un dedo. No tienes que arriesgarte, no tienes que tomar decisiones difíciles y, por supuesto, no tienes que admitir que te estás cagando de miedo. Es la excusa perfecta para quedarte en el sofá lamentándote mientras esperas que venga un rescatador a solucionarte la papeleta.
¿Cuál es el mejor tratamiento contra el Efecto Calimero?
Si estás rodeado de «Calimeros» que te absorben la energía cada día con su lamento radioactivo, o si te has pillado a ti mismo ensayando el discurso para los próximos Premios Óscar al mejor actor dramático, la solución no es la compasión. La compasión alimenta al monstruo.
Para mí, existen dos medicinas fulminantes contra el victimismo:
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La Auto-observación implacable (para uno mismo): no en pocas ocasiones me sorprendo a mí mismo escenificando este papel, lo que ya me provoca primero rabia y luego risa. El secreto está ahí: pillarte en el renuncio, reírte de tu propio ego dramático y decirte: «Vale, Julio, basta de tonterías, ¿qué vas a hacer hoy para cambiar esto?».
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La Indiferencia absoluta (para los demás): si alguien viene a ti a utilizar sus desgracias como moneda de cambio para robarte el tiempo y la energía sin la menor intención de cambiar, córtale el grifo. Por favor, si alguna vez me veis a mí interpretando el papel de víctima, dadme la espalda. Bajo mi punto de vista, la mejor medicina contra el victimismo crónico es la indiferencia. Cuando el pollito negro se da cuenta de que nadie se queda a escuchar su discurso de «es una injusticia», no le queda más remedio que madurar, rompe el cascarón y empieza a caminar por sí mismo.
Menos queja y más acción. ¿Llevas el cascarón puesto hoy o vas a empezar a asumir la responsabilidad de tu vida?