¿Por qué la invisibilidad es una sentencia de muerte profesional?
A muchos nos pasa. Hay días en los que desearíamos ser invisibles. Que nadie te pregunte en una reunión, que nadie pueda cotillearte en redes sociales, o simplemente trabajar en la “cueva” sin que el ruido del mundo nos alcance.
Como fantasía está bien, pero como estrategia de carrera o de negocio, la invisibilidad no es viable. Diría que en este segundo cuarto del siglo XXI es una sentencia de muerte profesional.
El refugio (falso) del “buen profesional”
Escucho a mucha gente escudarse en la noble frase: “yo prefiero que mi trabajo hable por mí”.
Suena humilde, suena ético… pero es una trampa. ¿Qué alcance tiene el resultado de tu trabajo? ¿Sale en las noticias? Uno de mis mayores despertares después de la crisis de 2008 fue que, si yo no me responsabilizaba de visibilizar mi profesionalidad y mi trabajo, nadie lo haría. No podrá gustar más o menos, pero la meritocracia no te puede dar nada si no eres visible.
Las 3 facturas que pagas por ser invisible
La erosión de la confianza: el cerebro humano está programado para desconfiar de lo desconocido. Si un cliente potencial o un empleado busca tu nombre y encuentra un desierto digital (o un perfil de LinkedIn sin actualizar desde 2017), su instinto le hará entender que “aquí hay gato encerrado”. La visibilidad genera familiaridad, y la familiaridad es una puerta abierta hacia la confianza.
La tiranía de los “vendedores de humo”: seguro que conoces a alguien que sabe la mitad que tú, pero tiene el triple de clientes. No es que sea mejor, es que es más visible. Es «encontrable». Lamentablemente, el mercado no premia al mejor, premia al que mejor comunica que es el mejor.
El techo de cristal emocional: ser visible requiere dedicación, pero ser invisible agota. Ver cómo otros progresan mientras tú sigues esperando a que alguien “descubra” tu talento genera un resentimiento silencioso. Esa amargura termina por quemar tu marca y tu motivación.
El miedo al juicio: la verdadera raíz del problema
Seamos honestos: no somos invisibles porque queramos, lo somos porque estamos cargados de miedos. Miedo a que nos llamen “vendehumos”, miedo al hate, miedo a no estar a la altura.
Lo entiendo y lo siento también, pero entendí que el carisma no es sinónimo de exhibicionismo. No es necesario publicar fotos de tu desayuno y de tu rutina de skincare. La visibilidad que yo defiendo está basada en la naturalidad y la verdad. En mostrar lo que realmente valemos y que nuestro nombre le venga a la cabeza a la gente cuando se encuentran un problema que podemos solucionar.
Conclusión: hay que salir de la cueva
La invisibilidad es cómoda, pero limita nuestras oportunidades. En el momento de escribir este artículo cuento ya 52 primaveras y siento en mí mismo la resistencia que provoca la brecha generacional. No es tan natural para algunos ponerse en el escaparate. Pero no podemos seguir siendo profesionales mudos, que es lo mismo que morir profesionalmente.
Este es el motivo por el que con los años he ido volcando cada vez más mi carrera a ayudar a mis clientes a gestionar su marca personal. Porque conozco las resistencias que se sienten y también los beneficios de superarlas.
Si has podido leer este artículo es porque ya no me escondo. Muéstrate y vuela. Vas a flipar con los resultados.
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!